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Tiene entre 40 y 50 años, seguramente algo más joven pero es un ejemplar de humano claramente averiado. Ha aparecido en el aeropuerto en el excesivamente caro servicio de traslados del hotel debido a su incapacidad para negociar un taxi; pero el primate parece arreglarlo todo con dinero, el simio piensa que si en Turquía saca la cartera todo el mundo vendrá en su ayuda, azafatas, policías, limpiadores . . . ha visto como en el gran Bazar cogían dólares, euros y libras y  en su cortedad de miras lo ha confundido todo, y parece no darse cuenta de que se le mira como un arrogante maleducado y faltón, como el enésimo tiraduros que llega de España al país de AliBaBa .

Nuestro protagonista es, como no podía ser de otra manera, feo. Además se atavía con atuendos feos, se afea, acentúa todo lo horrendo, pero incomprensiblemente parece gustarse. Con unos ropajes que agreden a la vista y afean el paisaje pasea su arrogancia arrastrando tras de sí su armario con ruedas, que seguramente solo esconde más feísmo, más mediocridad.

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He vuelto estos días a Estambul. Entre mi anterior visita y la que nos ocupa hay una diferencia capital que hacía presagiar que el viaje seria otro, quizá peor, quizá mejor pero indudablemente otro. Si el año pasado viajé con una horda de amigos (unos más y otros menos) o conocidos (unos más y otros menos) aficionados al baloncesto (unos más y otros menos), ahora me subía al avión con quien elegí compartir mis días con la esperanza de que encontrara en Estambul la ciudad que yo encontré. Casi con la certeza de que le agradaría el ritmo de la ciudad, la estética, los sonidos, los olores , temía que el gusto por el picante me obligará a comer en muchas ocasiones una ración más y alguna Efes Pilsen a modo de extintor, bendito problema. Si todos los problemas se arreglaran con Efes Pilsen; muchos se arreglan pero de eso hablaremos otro día.

La primera diferencia es que en esta segunda modalidad uno no abandona impaciente las colas camino del bar, ve más cosas por lo tanto, o mejor dicho entra a todos esos sitios que antes había visto desde la terraza de enfrente tomando una cerveza la mayor parte de las veces y un té las menos. Se agradece ver el interior de la Basílica de la cisterna, o de Santa Sofía, pero cuando empiezan los sudores, cuando las horas que has pasado de pie suman demasiadas y demasiado húmedas, miras con nostalgia todos esos bares que suben de Santa Sofía a Cemberlitas y que te daban refugio cuando cruzabas la calle asustado por colas que se alargaban has el palacio de Tomkapi donde empezaban otras que se mezclaban con las del Museo de Arqueológico . . . Mis huidas de estas filas durante el Mundo Basket terminaron siempre y sin excepción en una barra.

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