Quienes ahora frecuentan la tabernas con sus delgadas anatomías, sus gafas de pasta, y  sus pelo de Playmobil. Esos modernos que en lugar de raciones piden “Tostas” y vez de beber cañas toman “cañitas” con sus camisetas de Camarón un día, del Ché o de adidas al siguiente, al fin y al cabo, esos rostros se quedan en logotipo insinuando que descuidan su higiene personal a la vez que se acicalan con los más caros perfumes . Las que toman “vinitos” con faldas de faralaes y camisetas de tirantes mientras cuelgan del perchero su chaqueta de punto y sus cariocas. Todos estos que llenan sus discos duros de “Flamenkito” y reverencian “la leyenda del tiempo” aun sin haberlo oído entero en la mayoría de los casos, éstos no hace mucho veían en el flamenco algo rancio y caduco, la españolada, lo triste, la caricatura, el sketch de martes y trece de un treinta y uno de diciembre. Son los mismos que hoy  repasan los armarios de los abuelos buscando faldas, chaqueta y chalequillos, aros para sus orejas, y algunas  medicinas.
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