No hace mucho tiempo he tenido la desgracia de transitar por una calle donde se había cometido un crimen. No hablamos de un robo o un atraco, no. Un crimen pasional, de los que gustan a las damas televisivas que andan subidas en los tacones desde primera hora de la mañana, se quitan el mandil lleno de sangre y salen al plató a buscar culpables, a dar servicio público.

Por suerte creo que habían retirado el cuerpo, digo creo porque no me pare mirar. Que uno vea determinado cine que abusa de determinadas escenas no le convierte en Susana Griso. La representación de un hecho no es el hecho representado, y a mí la realidad no me gusta.

Sin embargo da que pensar oír a un veinteañero bajar la calle lamentándose ante sus iguales “No me jodas que ya no hay nada”. Un joven enfermo, pienso. Deseoso quizá de que un repeinado reportero de Ana Rosa le preguntase que ha visto, quizá de ser preguntado se inventase una respuesta.

La primera vez que vi un cadáver fue un hombre calcinado en una cuneta y no me gusto. Mi padre trato de que no me asomara. No fue agradable, no correría a verlo si pasara mañana. No me gusta que el crimen despierte interés, que guste. No me gusta que un joven corra por ver un cadáver, que salga de su casa al olor de la sangre, que lo que le haga moverse sean unos sesos en la acera. No me gusta.

Hace menos tiempo que he podido vivir la desagradable sensación de que alguien se sienta agredido por el uso del idioma, he podido ver gente molesta o incomoda por que en la mesa vecina alguien hablaba en su idioma materna. He percibido la absurda sensación que tienen algunos de que la gente habla el idioma en el que ha sido criado solo para joderles a ellos, y he podido ver como esa gente no tiene la absurda sensación cuando el vecino de mesa es alemán o belga.

Hablo de un pueblo entero que no usa el castellano, mujeres octogenarias que compran el pan, gritan a sus hijos o dan los buenos días en su lengua materna, hablo de  camareros que aunque se esfuercen en saludar y despedir en otro idioma inevitablemente se les cuela el idioma con el que se dirigen a los suyos, del mismo modo que quien escribe a soltado un buenas tardes en bares suizos o Irlandeses.

Pensar que un  idioma es un arma es un lastre, sentirse agredido por un idioma es absurdo, que una lengua sea algo que nos moleste o nos altere no me gusta. No me gusta que un saludo pueda enfadarnos y que nos dejemos engañar siempre que sea en nuestra lengua, o que permitamos que no se nos haga ningún caso hablemos en la legua en que hablemos.

Mientras nuestro mayor problema sea que bandera cuelga del balcón del Ayuntamiento o que idioma nos den el cambio en nuestras vacaciones los poderos dormirán tranquilos, solo deben molestarse en elegir bien el idioma en el que queremos que nos mientan.

Mientras que lo único que nos levante del sofá del un cadáver en la acera o la entrada de un asesino en una comisaría. Bastará con llenar las mañanas de víctimas y verdugos, de juicios en directo y calculadores de condenas.