He completado el primer kilometro de la mañana del sábado, he dejado atrás el ruidoso cauce del Huecar, que junto con el paso de los vehículos apenas permitía oír la música que sale de los cascos.

El entrenador digital que vive encerrado en mi teléfono pide que desacelere con su voz impersonal y plana a la que soy incapaz de poner gesto. Por los cascos se cuelan “Freddie & the filos”  y su “ Not too Young”, lo que lógicamente impide que adopte ese ritmo lentorro que el inerte programa informático propone siempre al iniciar la carrera. Que poderío, estos sevillanos suenan como si Elvis cantara con los Ramones o los Misfits . . .

Cambio de superficie, ahora corro por una tarima de madera colocada para que paseen post infartados, turistas y jubilados en la margen izquierda del río Jucar . El cauce menos ruidoso me permiten oír con más nitidez .

Digo que corro por la margen izquierda del rio porque el guarda fluvial que cuidaba de nosotros mientras realizábamos la felizmente desaparecida Prestación Social Sustitutoria, así nos lo enseñó. Las márgenes de los ríos se marcan situándose uno aguas abajo, y así lo que quede a tu derecha será la margen derecha y lo que quede al otro lado la margen izquierda: Subas o bajes, o cruces el rio a  lo ancho o lo bucees. Sus márgenes serán por convención social siempre las mismas. Poco más que esto aprendí ese año, también aprendí que el agua no respeta las escrituras, frase que el vigilante nos repetía cada vez que alguien acercaba demasiado la valla de su propiedad al cauce del rio. Sin saber porque recuerdo hoy mi “Mili” de mentirijillas, pero otros sábados recuerdos cosas aun más absurdas en mi correteo .

Yo corro por la izquierda simplemente por dos razones en verano y por una razón en invierno. En verano, con el calor busco más tiempo de sombra y correr por camino en lugar de asfalto, en invierno solo busco la tierra.

Ahora que me había acomodado al trote cochinero mientras sonaba Solsbury Hill mi robótico coach reclama ritmo.

Voy ahora por la parte más estrecha del sendero que lleva a la central eléctrica, solo me preocupo de mantener el ritmo, que el ritmo de cuesta arriba sea el mismo que en llano, luego que se le parezca y pasado un buen rato que sea lo más digno posible.

De repente me doy cuenta de que llevo un buen rato, que no podría precisar, sin pensar en nada, es una sensación cojonuda de desconexión, de haber conseguido involuntariamente lo que soy incapaz de conseguir cuando me esfuerzo en hacerlo. No sé qué canciones han sonado, ni que distancia habré recorrido. Por donde me encuentro calculo que han podido ser casi dos Kilometros y medio . . . He despertado por la velocidad y la vitalidad de una de mis versiones preferidas. No es una reproducción, ni una de esas absurdas traducciones de grupos españoles, Down By Law han cogido 500 Miles y le han dado una vuelta como un calcetín.

El cacharro reclama ritmo, ya no me resulta tan impersonal, me parece un impertinente entrenador de las caídas potencias del este, con su bigote y su chándal rojo, pidiendo sudor y sufrimiento. La profesora de fama con su cantinela de la “fama cuesta” o el sargento de hierro con su horrible sombrero de borla colgando.

Sería tan sencillo como pararme desenchufar los cascos y recorrer el camino de vuelta a casa andando un rato y corriendo otro. No hay ninguna necesidad de pasar este mal rato, de aguantar las impertinencias de una grabación. Entonces por los oídos se me cuela un ritmillo, el traqueteo de la batería de los Stray cats en Gina, será mi ritmo los próximos tres minutos y cinco segundo, lo suficiente para alcanzar el puente de Valdecabras y girar de vuelta a casa, cuando termine Gina la respiración se habrá normalizado y el trote que al acelerar parecía insostenible,  será un ritmo que se aguantará sin gran esfuerzo, el momento de acelerar es moralmente devorador, pasado el primer “Me asfixio”, todo empieza a normalizarse.

Recuerdo entonces cuando empecé a correr un par de calendarios atrás, y casi sin darme cuenta recuerdo a mi vieja Yamaha de 16 años que ayer salía del taller. A los dos nos costó arrancar después de un tiempo parados, no se trataba solo de que saltara una chispa que arrancara su viejo motor de combustión y mi oxidada maquinaria, había también que limpiar los conductos llenos de los sedimentos de viejas batallas.

Y pienso que los dos necesitamos un tiempo hasta  alcanzar un buen ritmo. Un par de petardazos la una, un poco de sudor y un par de esputos el otro, pero a los dos no quedan fuerzas para unos kilómetros una vez que somos capaces de arrancar y calentarnos.

Ya de vuelta el ciber-trainer da un respiro, pero yo que he cogido el ritmo no desacelero hasta que se cuela por la oreja Joey Ramone y me canta “Party Line”

La parte de la carretera, a la que endosaron un carril bici y una acera es mucho más transitada que el sendero, pero sin orden ni concierto, las bicis van por la carretera , los peatones por el carril bici y la acera está desierta.  Grupos de señoras cogidas del brazo como si bailaran “Paquito el chocolatero” acaparan el espacio de los ciclistas, señores en chándal con camisa y gafas  sudando  sobre las lentes, cuarentonas que trotan maquilladas, hombres que usan como bastón el primer palo que cogen de la cuneta, peregrinos de kilometro y medio. La pasarela de Jucar .

Si uno ve esto mientras Motorhead versiona a los Sex Pistols, hay que tener la cabeza muy bien amueblada para no cometer una locura.

Cuando llego al casco urbano el teléfono informa “Entrenamiento Completo” y califica la carrera como “buen trabajo”. Solo entonces me doy cuenta de lo pegada que llevo la camita por todo lo sudado, no hace tanto tiempo, cuando corría con  camiseta de algodón generalmente de propaganda y generalmente de bebidas destiladas tendría dos chorros de sangre uno por pezón, y después de recorrer esta distancia llegaría a mi casa “hecho un Cristo” que diría mi madre.

Los metros que llevan hasta casa suena Quique Gonzalez “Pájaros mojados”,  paro a estirar las piernas en el muro de piedra que acota al Rio Huecar en la Calle de los tintes junto a otros dos corredores que no conozco de nada, como tres pájaros en un cable nos miramos, nos damos los buenos días y salimos cada uno para un lado cuando creemos que estamos listos.